Archivos para Diciembre 2007

Sin título.

De un cartero

Como entrando en arenas movedizas comenzaba su largo recorrer por la ansiosa ciudad. 

Ahí en el microbús de las 6 a.m. iban los desmañados del lunes, unos crudos, otros más bien cansados y otros aún en su séptimo sueño sobre un cristal que en complicidad con los baches del asfalto y la mala gana de un chofer somnoliento, les jugaba la mala broma de hacerles rebotar la cabeza hasta lograr que de fastidio se despertaran limpiándose las babas de la boca. 

Llegando a la oficina de correos el día empezaba con café gratuito de mala calidad. Siempre se preguntaba quién demonios preparaba esa asquerosa bebida, después de dos tragos se olvidaba de las quejas. Pasaba como de costumbre a ordenar las cartas por colonias, calles y números. Eran las primeras acciones de la jornada matutina, todo en calma, sus compañeros carteros hacían lo mismo, todos en silencio. A veces uno que otro aclaraba roncamente el gañote; las más de las veces se escuchaban algunos bostezos. 

Las misivas que ahí se juntaban formaban un increíble repertorio, las había desde las más comunes hasta las más inimaginables. Recibos de teléfono, gas, luz y agua, así como perfumadas cartas de novias, amenazas anónimas de índole pasional, ajustes de cuentas y favores políticos, y por qué no, la carta trágica que informaba la muerte de una tía-abuela olvidada en un convento para monjas. 

Iban las cartas en su morral de correos nacionales, le bastaba con que el destinatario se sorprendiera ante la carta de amor que tardó tanto en llegar, que para ese momento el amante tendría que recapitular su aventura sexual con dos hijos a cuestas y una esposa miserable. A veces le complacía que las personas, aún sabiendo que no recibirían nada más que órdenes de pago, miraran con ojos soñadores una correspondencia que podría, sólo tal vez y en otro mundo posible, llevar buenas noticias como la notificación de una herencia a cobrar, un premio instantáneo al registrar cupones de cereal por teléfono, una invitación a formar parte de un selecto grupo de misioneros de Jesucristo o algo que al menos los sacara de su inmutable forma de vida. 

Conocía ya la ciudad entera, toda le parecía la misma. No creía que hubiera dos ciudades como a veces se oía decir que había un lado VIP y otro, el de los jodidos. Él daba por hecho que de algún modo todos eran igual de inmundos en el fondo. Nadie era inocente, y tarde o temprano, todas las almas tristes arderían en el infierno. 

Llevaba quince años en el negocio, a los dos lo empezó a odiar, nunca se acopló a los perros desquiciados que corren ladrando tras una bicicleta con campana, y qué decir de los automovilistas que creen que todo aquello que no es otro carro en la calle, no sólo puede, sino debe ser golpeado, arrollado o aventado en nombre del poder que infunde una carrocería de fibra de vidrio. 

Así, lidiaba diariamente con el sol, le hacía frente con una gorra azul más gastada que sus zapatos, de los que ya la suela quería vencerse de tantos besos que había dado al concreto. Él mismo había tenido que besar el polvo del asfalto en algunas ocasiones, por lo general cuando era apaleado por ladrones de malos modales quienes en su afán de castigar en vida a ese hombre desesperado le robaban el correo. 

De regreso a casa los rostros de los transeúntes no eran muy diferentes a los que veía en la mañana, tal vez más sucios, despeinados y mal olientes, pero su semblante triste y monótono era el mismo, ojos apagados, pómulos escurridos, labios secos, frentes marchitas. Parecía que su mundo había muerto, aunque no recordaba si lo había visto vivo alguna vez. Pensaba pocas cosas, en algún momento imaginaba historias contenidas en cartas que jamás eran para él. Era de los nacidos para perder, los hechos para ser olvidados, y qué importaba.  

No era más ridícula su vida rectilínea que encontrarle un sentido imbécil a sus actos. 

———————– HELL